Sin embargo, esta evolución no es un camino hacia la libertad, sino hacia una nueva forma de cautiverio. Para ser aceptados como "humanos de feria", deben reprimir sus instintos, ocultar sus cicatrices y someterse a las normas invisibles de la sociedad: las modas y los convencionalismos.
A medida que la representación avanza, la frontera entre el actor y el animal se desmorona. En un clímax revelador, los protagonistas se enfrentan al vacío de su nueva identidad. Al descubrir que el mundo humano es tan cruel como artificial, deciden ejecutar un último acto de rebelión: despojarse de las máscaras y el lenguaje impuesto para intentar recuperar, aunque sea simbólicamente, la esencia de la selva que les fue arrebatada.

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