En el panorama actual de la interpretación en España, parece gestarse una paradoja silenciosa: para ser contratado, el actor debe renunciar a sí mismo. Las productoras, tanto en el cine como en el teatro, parecen haber sucumbido a la búsqueda de un patrón interpretativo vacío, una suerte de molde sin identidad donde el rigor del "parecer normal" ha desterrado la pulsión de la vida. Se nos exige el rostro de la nada y el tono de la nada; una neutralidad aséptica que se viste de realismo, pero que naufraga tanto en la tragedia como en la comedia.
Bajo el pretexto de la naturalidad, la interpretación ha sido sustituida por la mimesis de lo cotidiano. La veracidad —ese fuego interno que conecta al actor con lo invisible— ha sido arrinconada para cederle el paso a una corrección técnica que confunde el arte con la reproducción científica.
A diferencia del realismo vibrante, este naturalismo obsesivo busca retratar la existencia con una precisión quirúrgica. Prioriza la conducta externa y el comportamiento banal por encima de una verdad emocional que, aunque estilizada, es la que realmente dota de sentido al drama. Es un enfoque que pretende capturar la vida "tal como es", bajo una mirada casi darwinista donde el entorno dicta la conducta y el actor se limita a ser un espécimen bajo el microscopio.
En este afán por la minuciosidad, la tensión dramática se sacrifica en el altar de la verosimilitud extrema. El tiempo real devora el tiempo escénico. Si bien este método huye de la sobreactuación, termina cayendo en el abismo de lo plano: una actuación carente de pulso que confunde lo trivial con lo auténtico y la falta de expresión con la profundidad.
Incluso Konstantin Stanislavski, el gran arquitecto del realismo, supo ver el peligro. Él trazó una línea divisoria clara entre la verdad artística y la verdad naturalista (esa mera "fotografía de la vida"). Advertía que no todo detalle de la realidad es apto para el arte; que la búsqueda obsesiva de la precisión externa suele ahogar la verdad emocional, resultando en una ejecución antiartística y meticulosa que carece de alma.
El naturalismo contemporáneo se ha obsesionado con el "cómo funciona" el ser humano —el engranaje de la forma y la conducta externa— olvidando la experiencia estética de la emoción pura. El detalle ha devorado a la esencia.
Ante este escenario, la pregunta para el intérprete es inevitable y urgente:
¿Qué busca realmente un artista, el arte o la simple reproducción?













