La Tribu de Uno: Diálogo entre el niño de 9 años con el adulto de 50 años
El escenario está en penumbra. Dos figuras se recortan contra la nada: un niño que es pura expectativa y un hombre que es puro silencio.
El niño de 9: Mis ojos son cándidos, ¿sabes? Todavía están expuestos a la voluntad de cualquier postor que pase. Tengo hambre, pero no de comida. Me habita un deseo primario de caricias, de roces de piel, de un calor que me envuelva por completo. Necesito el aroma de la madre, la fragancia de los amigos, el rastro de mis hermanos. Necesito ser una fibra más en el tejido de una tribu.
El adulto de 50: (Con una sonrisa melancólica) Esos ojos los reconozco, pero han quedado atrás. Ahora la dualidad se disuelve. Ya no busco ser parte de una tribu para sobrevivir; hoy simplemente somos. Aquellos deseos que te quemaban con urgencia se han transformado en mí en un anhelo de sosiego. Me busco en el silencio, me acaricio el alma. A veces me pierdo, pero otras, por fin, me experimento entero.
El niño de 9: (Abrazándose las rodillas) Pero es que yo quiero ser recogido por el viento. Busco que la lluvia me abrigue porque no poseo nada. Estoy suspendido en este vacío donde no vas a ningún lugar porque no vienes de ninguna parte. No sé si es miedo o desamparo, mi tiempo no tiene relojes; solo crezco con el ciclo de las flores. "Ayúdame, sostenme, dame calor", ruego... pero mi voz no tiene transporte en este vacío.
El adulto de 50: Te escucho, aunque entonces parecieran palabras sordas. He desmantelado la mentira de esa soledad. Ya no mendigo afecto ni discuto para que me quieran. He comprendido que ser diferente no es una distancia insalvable, sino la libertad absoluta de no ser igual a nadie. Me permito ser conducido por el instinto, aceptando incluso lo que antes llamaba "falsos errores".
El niño de 9: (Interrumpiendo) ¡Es que no entiendes el látigo! El castigo no es que no me quieran, eso sería simple. El verdadero azote es la incertidumbre: el "o te acompaño o no te acompaño". Esa ausencia de presencia es lo que marca mis horas. Lo único que me salva de desaparecer por completo es que, a pesar de todo, siempre estoy jugando.
El adulto de 50: El juego... eso es lo único que nos une. Pero mi búsqueda ahora es paradójica: anhelo no ser "yo". Quiero vaciarme de los constructos sociales y de las ficciones ajenas para llenarme de mi. Aspiro a ser un yo cambiante, desconocido y libre, que habite en el "no pasa nada".
El niño de 9: ¿Qué son esos constructos de los que hablas?
El adulto de 50: Son quimeras aprendidas, deducciones maliciosas. He aprendido a desconfiar de la arquitectura de mi mente. Esos pensamientos que crees que son tuyos, en realidad son voces prestadas. El actor, pequeño mío, solo encuentra su autenticidad cuando se atreve a deshabitar el personaje que el mundo le obligó a construir desde tu edad.
El niño de 9: (Mirándolo fijamente) Tienes canas.
El adulto de 50: Y tú tienes limpia la cara.
Ambos se miraron. Ya no había distancia física, solo el peso de cuatro décadas suspendidas en el aire. El niño de nueve años, con la curiosidad afilada, rompió el último velo de silencio para reconocerse en el hombre que, por fin, había dejado de huir.





















