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| Máscara del espectáculo "Lo siento" de ACTU. |
El teatro inclusivo no puede ser analizado bajo la dicotomía simplista de "bueno" o "malo", ni encasillarse en las etiquetas convencionales de "profesional" o "amateur". Su verdadera naturaleza no reside en el producto final como fin absoluto, sino en la priorización de los procesos. Al integrar el concepto de inclusión, el eje artístico se desplaza hacia una dimensión social, buscando transformar las estructuras de la comunidad y fomentar una participación equitativa.
Aplicar juicios de valor tradicionales sobre el talento de los intérpretes resultaría contraproducente, ya que implicaría etiquetar a las personas con discapacidad bajo los mismos estigmas de los que históricamente han intentado huir. Por esta razón, cualquier evaluación crítica debe desligarse de la capacidad personal del actor y restringirse exclusivamente a los aspectos técnicos y formales de la obra.
La calidad de la propuesta visual, la coherencia estética, la precisión en la iluminación y la ejecución técnica son responsabilidad directa del equipo directivo. Son los líderes del proyecto quienes deben responder por:
• La visión conceptual y el enfoque de la dirección.
• La solvencia escenográfica, luces, vestuarios, espacios sonoros, visión holística y técnica de la puesta en escena, recursos técnicos disponibles, ritmo y tempo del espectáculo, ensayos, etc.
Bajo ninguna circunstancia estos criterios técnicos deben confundirse con el valor del desempeño actoral de personas con discapacidad. Asimismo, la distinción entre un proyecto profesional o uno aficionado no depende de la condición física o cognitiva de los intérpretes, sino exclusivamente de las herramientas, recursos y rigor metodológico de quienes gestionan la producción.
En este contexto, el éxito no se cuantifica sólo y mediante la perfección estética del espectáculo, sino a través de la evolución humana. El triunfo artístico y social ocurre, por ejemplo, cuando una intérprete con severas dificultades de relación o movilidad logra ejecutar acciones esenciales en el escenario sin apoyos externos. Ese acto de autonomía, en sí mismo, trasciende cualquier crítica teatral convencional, convirtiéndose en un logro absoluto de soberanía personal y artística.

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