En el sector del teatro inclusivo, existe un cansancio generalizado por la necesidad de gritar una obviedad: los parámetros para evaluar una pieza de este tipo no pueden ser los mismos que los de una obra convencional. En el teatro llamado "normalizado", ya sea amateur o profesional, se suelen juzgar valores como la precisión motriz, el volumen orgánico, la claridad en las intenciones o la agilidad ante el imprevisto, entre otras. Sin embargo, en la escena inclusiva, estos indicadores pierden su hegemonía.
La palabra inclusión no es una etiqueta de calidad artística (bueno o malo), sino que determina los objetivos del proyecto: integrar a personas que habitan fuera de la norma social o conductual, o por discapacidad. Aplicar juicios de "bueno" o "malo" a los intérpretes con discapacidad es un error peligroso; es juzgar a alguien precisamente por aquello de lo que se intenta huir, y en nuestro caso a través del arte.
Si queremos hablar de calidad, debemos dirigir la mirada hacia los aspectos técnicos de ejecución que dependen de los profesionales al mando. Lo que es susceptible de ser evaluado como "bueno" o "malo" seria:
• La puesta en escena: El enfoque de la dirección y el nivel de perfeccionamiento técnico.
• La plástica teatral: El diseño de vestuario, la ejecución de la iluminación y la coherencia de la producción.
• La visión del director: Su capacidad para rodearse de especialistas que cubran sus propias carencias en áreas como la escenografía o el diseño.
El éxito de un proyecto inclusivo recae en la conciencia del director o del equipo directivo. Un guía en este ámbito debe entender que el espectáculo y el bienestar de los participantes están por encima de sus propias creencias o de su ego artístico.
Decálogo del director para la Inclusión real
1. Priorizar el bienestar sobre la estética: La integridad física, emocional y mental del alumno es innegociable y está siempre por encima de cualquier resultado o expectativa artística del espectáculo.
2. Aplicar la adaptabilidad radical: Si una directriz técnica o creativa colisiona con la naturaleza del intérprete, se debe modificar; si un elemento del proceso genera una barrera insalvable, se elimina sin vacilación.
3. Poner la técnica al servicio del actor: La estética y las herramientas técnicas no son fines en sí mismos, sino instrumentos que deben moldearse para potenciar al intérprete, nunca para forzarlo a encajar en un molde preestablecido.
4. Mantener una mirada consciente: Es deber del director observar y diagnosticar constantemente tanto las capacidades como las limitaciones de cada miembro del elenco para cultivar su "mejor versión" de forma individualizada.
5. Fomentar la autonomía y el pacto grupal: El director debe facilitar que el actor con discapacidad comprenda su responsabilidad dentro del engranaje colectivo, promoviendo que el compromiso con sus compañeros sea el motor de su participación.
6. Humildad profesional y colaboración: El director debe ser consciente de sus propias deficiencias y rodearse de especialistas (en escenografía, vestuario o psicopedagogía) que cubran las áreas donde su conocimiento no alcanza.
7. Eliminar el juicio de "bueno" o "malo": Se debe desterrar la dicotomía de calidad aplicada a la persona; los términos de evaluación deben dirigirse exclusivamente a la ejecución técnica del proyecto, nunca a la condición del actor.
8. Respetar la naturaleza del intérprete: Las directrices de dirección deben armonizar con la esencia del alumno. Si una instrucción violenta su forma de ser o de estar en el mundo, es la dirección la que ha fallado, no el actor.
9. Valorar el proceso como logro artístico: En el teatro inclusivo, hitos como la ruptura del aislamiento, la comunicación y la presencia activa son resultados artísticos tan válidos y celebrables como la ejecución de una escena perfecta.
10. Garantizar la accesibilidad emocional: El espacio de ensayo debe ser un refugio seguro donde el error no se penalice y donde el actor sienta que tiene el permiso de entrar y salir de la acción según sus necesidades de salud o bienestar.
Un caso de éxito: Más allá del aplauso
Para ilustrar esta diferencia de parámetros, basta observar un ejemplo real. Una de mis alumnas atraviesa actualmente problemas de salud que la han llevado al aislamiento y a la falta de comunicación en su entorno cotidiano, llegando a recluirse en su habitación y abandonar otras actividades.
Sin embargo, durante un reciente ensayo abierto al público, ocurrió algo transformador. A pesar de su tendencia al aislamiento, ejecutó todas las acciones grupales e individuales marcadas. En un momento de necesidad personal, salió de escena, resolvió su situación y regresó exactamente al punto donde había dejado la acción para cumplir con su compromiso.
En este contexto, preguntarse si es una "buena" o "mala" actriz carece de sentido. Lo verdaderamente valioso es que ha roto su encierro. Ha comprendido el pacto sagrado con sus compañeros y ha decidido estar activa y asumir responsabilidades. Esa es la verdadera victoria del teatro inclusivo: la transformación humana que ocurre cuando el compromiso con el grupo vence a la dificultad personal.

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