El arte inclusivo son todas aquellas disciplinas artísticas que trabajan la inclusión en los lugares más recónditos del alma humana.

7/1/26

La buena duda. por Manu Medina

Durante años, caminé por los escenarios y las aulas de formación creyendo que mi mayor activo era la seguridad. Pensaba que un actor —y más aún, un director— debía ser un faro de certezas, alguien que siempre tuviera la respuesta a mano para ocultar cualquier rastro de fragilidad. Hoy, tras décadas de observar la condición humana a través del teatro, comprendo que mi seguridad no era más que la armadura de un ego aterrado, y que la verdadera creación no comienza en la certeza, sino en el terreno fértil de la duda.

En mi trayectoria, el ego ha sido ese arquitecto de la conformidad que me susurraba al oído: "Repite lo que ya funcionó, imita lo que otros aplauden". Cuando el ego domina, buscamos refugio en lo conocido. Replicamos fórmulas, ensayamos sonrisas frente al espejo y nos aferramos a comportamientos seguros por miedo a la irrelevancia. El resultado es, a menudo, una vida técnicamente pulcra pero "sin alma"; un eco de algo real, pero no la realidad misma.

Sin embargo, la duda es el catalizador que rompe esa inercia. Mientras que el ego imita, la duda crea.

He aprendido a ver la duda no como una debilidad, sino como una guardiana de mi autenticidad. Es la fuerza que me permite preguntarme: “¿Y si lo hacemos de otra manera?”. Al aceptar la incertidumbre, me permito habitar la "zona gris" del no saber, ese lugar donde el pensamiento divergente nos obliga a buscar conexiones novedosas. Es lo que Carol Dweck define como mentalidad de crecimiento: dejar de ver el error como un veredicto sobre mi talento y empezar a verlo como un dato valioso de investigación.

Recuerdo momentos en los que el miedo al fracaso actuaba como un ancla, impidiéndome remontar mi propio "río" artístico. Pero fue precisamente al "romperme", al aceptar que no tenía el control absoluto, cuando logré conectar con mi Yo Genuino. Trabajar con la discapacidad intelectual, por ejemplo, fue una lección magistral sobre la disolución del ego. Allí presencié cómo la espontaneidad pura, libre de la necesidad de estatus o prestigio, hacía que el teatro fuera, por fin, inevitablemente disruptivo.

No habitar la duda requiere una autoestima pésima, un ego inflado. El ego ve la crítica como un ataque; la duda la ve como una oportunidad de escucha. El ego se obsesiona con el "yo" (cómo me veo), mientras que la duda me permite descentralizarme para conectar con el "nosotros" y con la magia del aquí y ahora.

Hoy entiendo que el arte auténtico debe perturbar al cómodo, y eso me incluye a mí mismo. Crear desde la duda es un acto de valentía que nos aleja del aplauso fácil y nos acerca a la verdad escénica. No busco ya la perfección que el ego me exige; busco la honestidad de quien se atreve a vagar fuera de sus seguridades. Porque solo cuando dejamos espacio para cuestionar lo conocido, permitimos que nazca algo verdaderamente nuevo.

La maestría no está en la ausencia de miedo o en la aniquilación del ego, sino en la gestión consciente de ambos. Hoy elijo la vulnerabilidad del que duda sobre la arrogancia del que cree saberlo todo. Porque al final, es en la grieta de nuestras incertidumbres donde realmente entra la luz de la creación.

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