8/12/10

Dionisio Dios del Teatro



Grecia es la cuna del teatro occidental, si bien ya existían manifestaciones teatrales en el mundo: los bailes y danzas que constituyen las más remotas formas del arte escénico. Estas primeras son las prehistóricas danzas mímicas que ejecutaban los magos de las tribus, acompañándose de música y de masas corales en sus conjuros con objeto de ahuyentar los espíritus malignos, y otras pantomimas y mascaradas.

Pero si hablamos del teatro occidental, hablamos de Grecia. Su origen se remite a las celebraciones religiosas en honor al dios Dionisios, divinidad de la fecundidad, de la vegetación y de la vendimia. Los griegos celebraban estas fiestas al principio y al final de la siega, pidiéndole al Dios que el campo fuera fecundo.
Todo comenzaba con una procesión; un carro que recorría las calles con la estatua de Dionisos sobre él, rodeado de danzantes que representan a los sátiros -compañeros de esta divinidad masculina-, y seguido por jóvenes ansiosos de alcanzar el éxtasis dionisíaco (Dionisios es también el dios del exceso). Todos los ciudadanos danzaban, se disfrazaban y se embriagaban.
En honor a dios, se sacrificaba un carnero cuya sangre fecundaba los campos mientras los sátiros bailaban y salmodiaban algunos textos (precedentes del coro). Esto se conoce como el ditirambo, y debió llevarse a cabo en las afueras de cualquier pueblo griego.
En esos cantos, se invocaba a los dioses para que se acercaran a la tierra, pero más en concreto a Dionisios, en el que se personifican todas las fuerzas misteriosas de la naturaleza.
Se daban hechos de trance o histeria colectiva cuyo fin era la liberación del mal por medio del furor producido, origen de la futura “purificación catártica” del teatro griego. Sin embargo, el simple canto o la invocación a un dios poco tenía que ver con el teatro, aunque sí con la teatralidad. Hacía falta que se “cantase” a un hombre y no a un dios; el rito religioso debía retirarse de la escena para dejar paso al hombre. Pero Dionisio era mitad mortal, por lo tanto, hombre. Entonces, ¿por qué no cantar a un hombre que haya muerto y sea célebre?. Su naturaleza semihumana permitió a Grecia secularizar el ditirambo.
La leyenda dice que durante una de estas invocaciones, un griego bastante pasado de vino se levantó y dijo “¡Yo soy Dionisio, ¿qué queréis?!”, y así nació el primer actor en el sentido estricto del término. Desde entonces, un “primer actor” salió del coro para disfrazarse de dios, luego se representarían escenas de su vida, y finalmente, de los hombres.

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